He reflexionado mucho y, pienso que esto de estar siempre pensando en mi vida me predispone a las dolencias. Me inicié con dolores que me impidieron hacer mis deberes, con fiebre por las mañanas y delirando sin descanso. Después de eso fui al doctor, que me rebalsó de pastillas, de esos que por imposición natural tienes que tomar con la barriga abastecida. Los medicamentos acabaron hinchándome como sapo. Al final del tratamiento la casa hedía al olor de los medicamentos, incluso las cortinas enrrollables guardan ese olor. Pasó un trimestre después de ponerme mejor de salud, y suena el teléfono. Nadie esperaba una llamada, y al adquirir un smartphone, nunca llaman. Levanté el auricular y era mi viejo. A mi viejo no lo conozco, se escapó el año que nací, y nunca conversó conmigo, más allá del erario que le mandaba a mi mamá en una cuenta, y que ocupábamos en la U. Jamás lo he conocido en mi vida, y aunque es un padre desconocido, está dentro de mi existencia. No quiero mandarlo a volar, él se hace cargo de mi mesada, y no se ha corrido. Hablé con Jaime y pidió que no lo dañara, charláramos y oyera sus descargos, si ese era su deseo. No era mi decisión, pero Jaime me dijo que era más recomendable eliminar los malos recuerdos. Desde este instante mi existencia es inconmensurable, no sé lo que sucederá con mi persona. Me encariñé a estar dominando cada punto de mi relación con los demás, y en este momento estoy corriendo libre, como un perro callejero. Me entraron las ganas de viajar al sur para las fiestas, ver a mi abuela, que la extraño un lote. No iré hasta que llegue las vacaciones, al sortear los exámenes de la U. Agendé una reunión con el matasanos, no me fío que la consulta será para bien. Me veo preparada para enfermarme y no me salvaré esta vez. Aunque es sólo con el ginecólogo, me asegurará mi nulo estado de gravidez, y con el viaje realizaré la célebre visita anual.
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