Desde el jueves anterior que no tomo las zapatillas para rutear. Hacerme la tonta de los compromisos del pupilo es una labor que no rindió resultados, incluso un amigo me equiparó con un montepiado, que no halla hobbies para pasar el día. Pasé casi un siglo sin asueto, estudiando como mala de la cabeza, sin descanso. Es ahí cuando tengo para hacer mis hobbies que postergo por estar con obligaciones, como pasar noches enteras sumergida en películas, realizar entrenamiento horas sin considerar debilitarme porque tengo que conservar bríos para eternas jornadas de estudio, o salir a comer con mis comadres, pasear, estar con mi sobrino, cualquier cosa. Admito que sólo he alardeado, sólo he hojeado una novela corta y para qué decir visitar a un familiar. Pero esta mañana fue preparada. Pasado el aguacero, al escuchar el ruido de la mañana y mover las cortinas en mi dormitorio moderno, la visión de la ciudad me empujó a salir. A pesar de barro acumulado en las aceras y las calles resbalosas, el aire estaba delicioso. La brisa, aunque helada, llegaba a tener sabor, un gusto a agua de mar. Desde el otoño que no me mandaba un largo tan feliz. Tan contenta me encontraba, que la masa me saludaba en la ciudad, les encantaba el día también. Hasta un abuelito me elogió por correr, mientras me estiraba. Añoro que este instante dure para siempre. De ahora estaré con las pilas bien puestas, dedicada a reflotar mi pasión por el deporte. No veo otra forma. Fue el testamento de mi abuela, estaba convencido que lo lograría, y no hay minuto que malograr. Él guardó sus esperanzas en mí, nada me parará. Está lo que no me falta, me obligaré a guardarme el miedo y el cansancio, y calzarme las zapandas en las tardes.
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